POR NATALIA S. CASTREGE

Me preguntaron si tenía experiencia en el puesto. Respondí que no, pero que podía aprender rápido. Si sabía inglés y/o francés. Inglés básico, rasguñando, francés nada. ¿Del paquete office?Si, word y power point me defiendo. Excel y access, flojos.
Desde que había ingresado a la sala no había podido sacarle los ojos a las medialunas y los vigilantes que junto al aromático café reposaban en una mesita contra la pared. Quería concentrarme en responder y dar una buena impresión pero mi ojo derecho se desviaba como si la media lunita me estuviese esperando para entregarse a mi paladar ¿nadie estaba tentado por comerse una?. Siempre me pareció extraño que en las películas cuando hay reuniones de trabajo y hay comida, nadie se sirve ¿será parte del decorado de la escena o lo hacen por la continuidad?.

Me había levantado a las 7 de la mañana para sacarme sangre y como eran necesarias 12 horas de ayuno, desde las 7 de la tarde del día anterior que el sandwich de lechuga, queso y ketchup flotaba en mi estómago como un monstruo a punto de devorarme. No tenía ni cincuenta centavos que me sobraran para poder comprarme un alfajor.
Necesitaba el trabajo, aunque no sabía cuánto dinero ofrecían me imaginaba que podía llegar a rondar los 400 pesos, con suerte los 500. Una fortuna para mi.

—¿Disponibilidad horaria?
—Toda, completa— les dije— aunque preferiría trabajar de tarde, soy un poco más productiva después del almuerzo y la siesta—.
—¿Podría servirme un café que estoy sin desayunar?—solté con mi mejor cara de niña pobre y sin anestesia. El señor de bigotes me dijo completamente descolocado —Bueno, adelante— así que me lancé hacia la mesa por un café con leche y una medialuna que me metí en la boca haciéndola un bollo y otra más que envolví en una servilleta.
Mientras ellos me preguntaban yo aprovechaba a tomar unos sorbos de café para bajar la medialuna y en una explicación que me dieron de los programas administrativos que utilizaban, me levanté y tomé otra medialuna y un vaso de agua. La medialuna de la servilleta la estaba reservando para el colectivo de vuelta.
—Muy bien, eso es todo— concluyeron y me derivaron a una oficina dentro de la sala para hacer un test psicológico.
La psicóloga era joven, unos veintialgo, lo cual hizo que mis nervios se disiparan y pudiera relajarme. Enseguida me dio unas hojas con preguntas y consignas. A pesar de que en la mano derecha tenía la servilleta con la medialuna terminé el test en menos de 5 minutos, para demostrarle mi capacidad resolutiva, ¡y con la zurda! que no era mi mano habitual.
Cuando se lo entregué me di cuenta que no le había puesto humito a la chimenea de la casa y que la flor me había quedado más grande que el árbol.

—¿Se dibujan las orejas? Me parecieron deformes así que se las borré.
—¿Te sentís bien? dijo con cara de asustada
—Sí, me quedé pensando ¿por qué se me ocurrió dibujar un sol de cada lado?¿tengo algún problema psicológico?
—Te sangra la nariz—dijo y enseguida abrió el cajón para darme un tissue— esperá acá que aviso para que llamen a una ambulancia.

Siempre me sangraba la nariz, así que ya sabía que con un poco de algodón tapando los orificios y con la cabeza hacia atrás lo solucionaba. Me disculpé de antemano por no saber dibujar tratando de desviar la conversación y restarle importancia al problema de mi nariz.
—Creo que la última vez que dibujé fue cuando tenía 5 años— bromeé.
—No te preocupes, pero limpiáte la nariz que estás ensuciando todo.

Claro, ella ya tenía trabajo. Con ese dibujo vergonzoso estaba perdiendo mi única posibilidad de obtenerlo.
—Por favor no llamemos a la ambulancia, ¡qué van a pensar de mi!. Necesito el trabajo. Me quedo unos segundos hasta que corte la sangre y me voy— le rogué.
— ¿Estás segura?
—Si, por favor —insistí.

Como no paraba de sangrar no me quedó más remedio que pasar por la sala para ir al baño. Todos se sorprendieron porque tenía mi camisa blanca de color roja.
—No se preocupen, siempre me pasa. ¡Me ensucio con las témperas como si fuera una niña!, mentí.
Sosteniendo las bolitas de tissue en mi nariz con una mano y con la otra la servilleta con la medialuna, no se me ocurrió mejor idea que hacerles unas preguntas antes de salir.
— ¿Mañana será mejor que me comunique para ver si hay novedades?
—No, nosotros nos comunicamos.
—¿Llamarán antes del fin de semana? Porque tengo otra entrevista y en realidad para mi ustedes son los primeros, mi prioridad. Me encantaría trabajar aquí, menuda experiencia. No me gustaría hacerles perder el tiempo a los otros, son una empresa muuuy seria.
La señora de gris apoyó su mano en mi hombro y me acompañó hasta la puerta.
—Si das con el perfil te llamaremos.
Una última pregunta ¿el perfil se refiere a la experiencia o tiene que ver con el dibujo? Por favor no tengan en cuenta mi dibujo supliqué saliendo, mientras el postulante siguiente ingresaba con una cara de miedo galopante.

Fui al baño a limpiarme, y estuve un buen rato hasta que entró la señora de la limpieza y me pidió que me retire que tenía que desinfectar.
Salí del edificio esperanzada, saludando a todos y cada uno que me cruzaba. Sí, era inexperta aún pero intuía que había dado una buena impresión. Caminé hacia la parada de colectivo y cuando llegué saqué mi medialuna de la servilleta —mmm ¡sabrosa!— pensé. Nada mal para una primera entrevista.