POR NATALIA S. CASTREGE

No debería contarlo. A ver, pucha, no es un secreto nivel NASA o comité de inteligencia nacional, pero si algo es secreto ¿conviene nombrarlo?. O es mejor hacerse el sota «Secre…tos, no che, no me suena» y desviar la conversación con un contundente cof cof y otro cof para rematar.
Secreto lo que se dice secreto, no hay nada. Si es algo personal que jamás le he contado a nadie, es decir que escondo para adentro, no es bueno. Me corrijo: bien malo es. La verdad es la verdad, nos guste o no. ¿Podemos guardarnos secretos?.
Pocas cosas no compartimos con nadie ¡yo que sé!…conspiraciones, masturbaciones, maldades, un pedo hediondo, egoísmos, miserias, pensamientos asesinos, asesinatos, verguenzas, guerras silenciosas, la ultima tuca. 
Pero ¿es un secreto que todo el tiempo lidiemos con nosotros mismos y le echemos la culpa a los demás? Bu! eso no nos hace especiales. 
En tanto un secreto es compartido con un «otro» que no pertenece a la raíz del secreto, al meollo en cuestión, muere como tal. Una vez basta para que el inocente pecador con hormigueo mental y lengua bífida desembuche el secreto, lo escupa, lo estornude, que éste se convierte en chisme.
Puff, moneda corriente.
No es muy difícil de analizar. Esta evolución de secreto a chisme a simple vista no es tan notoria, pero con un microscopio se ve claro, contundente. Puedes hacer la prueba. Si no tienes microscopio puedes usar caleidoscopio. Verás que el secreto original son pequeñas células con un núcleo. En el momento de reproducirse, el núcleo se distorsiona y las células engordan. Sí, se ensanchan exageradamente.
Lo que nadie se imagina en el momento de contar un secreto es que, por su propia naturaleza de secretar y por las probabilidades de que la contraseña «de aquí no sale ok» falle, se viralice.
Según un estudio recientemente realizado por el Depto. de Relaciones Exteriores de la Universidad de Michigan en colaboración directa con el Posgrado en Relaciones Públicas de la Universidad de San Diego, California, hay casi un
99, 9% de probabilidades de que en alguna circunstancia, de algún tiempo o momento clave, bajo la firma de algún amigo, a modo de ejemplo o porque es noticia vieja, el germen salga al exterior, vea la luz.

Hay algo importante en todo esto: cuando un secreto rompe el huevo y empieza a caminar, pasan meses. Pero desde que en su humilde caminata toma la decisión de emprender vuelo, de 1 minuto a una semana. Esto depende de dos variables: la magnitud del secreto y la relación actual de los secretantes. Existe una curva curiosa que leemos en el informe que les comentaba. Cuando la magnitud del secreto es 10 -tomando a 10 como máximo y 1 como mínimo- y la relación de los secretantes es menor a 5, hay un 80% de probabilidades de que se expanda, y cuando es al revés un 90%. Cuando las dos son menores a 5, los datos arrojan un 30%. Y aquí viene lo interesante. Cuando la magnitud del secreto y la relación entre los secretantes es de 10, hay un 100% de probabilidades de expansión. Por eso un consejo es que es mejor contarle un secreto a alguien completamente desconocido que a un familiar directo. Las familias no pueden guardar secretos. No saben. En una cena de Navidad mis tíos se divorciaron y hasta hicimos el juicio después de las 00hs. La familia te condena y no se les cae un pelo. Si tienen que contar tu secreto para «salvarte» lo van a hacer.
Es que simplemente no podemos tomar un secreto a la ligera. Y este secreto es, no, no puedo contarlo. Es que es delicado. Que no es de estos secretos que cuando uno los cuenta se libera. Este secreto me condena.
Ahora bien, hay algo que podemos hacer para comercializar su expansión y evitar riesgos innecesarios. Es más, invito fervientemente a todos a hacerlo: escribirlo. Pues es preferible que pulule nuestro secreto de primera mano a ser enterrados por un chisme. Anoche comí un murciélago. Lo dicho.

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