POR NATALIA S. CASTREGE

Es el escrito número diez que he empezado y abandonado. Me he puesto en la piel de un pobre viejo infectado. He inhalado el último respiro con él, solos en la camilla de un hospital. Le he dado un beso en la frente, lo he despedido. Lo he tomado de la mano y le he deseado un buen viaje. Lo he llorado como he llorado a mi negrito cuando se fue.
Sí, una historia posible.
Me he puesto en la piel de Susana Margarita Heredia, física, investigadora que se ha preguntado por los fenómenos que escapan a la lógica, que no tienen causa aparente. Susana, el día de la entrega de su diploma, mientras daba un discurso en representación de los graduados recibe una descarga eléctrica muy fuerte y queda pegada al sonidista, literalmente pegada, como dos imanes de polos diferentes que se atraen. Sin antecedentes y sin explicación teórica de un caso similar. Una historia original. Complicada. Me compliqué.
He viajado al mundo de fantasía de un niño de 7 años. He oído con qué entusiasmo les cuenta a sus compañeros y a su maestro acerca del fuerte que está construyendo «…con una escalera que llega al cielo». ¡Qué tierno!.
He empezado a escribir acerca del cosmos. ¡Pero si no entiendo nada del cosmos! Del brote que nace de la tierra. ¡Nuestro hijo! Pero no quiero escribir ahora acerca de él. Del proyecto «Boo-merang, todo lo que das vuelve».
El que sigue.
Escribí acerca de un futuro libro «Jung-la» un posible cruce entre el inconsciente colectivo de Jung y «la ley de la jungla», ¿cómo reaccionan un montón de individuos que comparten colectivamente algunas ideas estúpidas cuando se produce una pandemia y se piensan que solo ellos tienen que sobrevivir porque siempre fueron más fuertes que los demás?
Ahora bien, todos estos escritos se han transformado en caminos sin salida.
No hay salida.
No hay salida aparente.
No la veo okey.
Voy a salir al balcón a respirar.
– ¡No me sigas! le pido a la mente – Necesito ocio-.
Me concentro nuevamente. Intento buscar la puerta que me lleve a otros mundos. La puerta que lleva a una escalera.
¿Por qué la escalera me lleva a la escalera caracol de la infelicidad?
¿Es la única maldita escalera que mi mente puede recrear?
¿Cómo se atreve mi mente a volver a llevarme al lugar donde sufrí?
Si mi mente es capaz de encerrarme en unas pobres ideas, ignorantes ideas, y de mostrarme una y otra vez una realidad que ya no existe, ¿será capaz de liberarme para siempre?.

¡Oh Infinita mente,
que en soledad te arrullo
muestrate tal cual eres
Asciende, asciende!.

La mente se ha bloqueado. ¡Desbloquéate!. Ahora.
La raya no para de moverse. Escribí me dice. Llená este blanco con palabras. Palabras que se lleven los vientos. Historias sin importancia.
¿Qué importancia tiene todo esto?
¿A quién carajo le importa que yo he escrito y escrito durante horas y no veo la salida?.
Detengámonos ¿quién dice que esto no sirve, quién puede juzgarme peor que yo mismo?
Mi mente, la que he construido fuerte.
Soy mi enemigo. Me destruyo. Me humillo. Bajo la cabeza y me aplico un látigo del lado izquierdo y como no lo veo suficiente, repito del otro lado con más intensidad.
Una voz a lo lejos me susurra que no soy lo suficientemente bueno para lograrlo.
¿Para lograr qué?, ¿terminar de escribir este texto? Eventualmente lo voy a terminar aunque tenga que llenarlo de palabras vacías.
¿Para lograr qué? Me repregunto.
Mi mente estuvo a punto de evadirme. Cojonuda mente, astuta por naturaleza. Negadora. Cretina.
Ser yo, yo mismo. Volver a mí, a todo. No grites, le retruco.
Inseguridad. Insatisfacción.
Voy a hacer una cosa. Voy a tomar mis palabras y mis preguntas y las voy a hacer añicos.
Las rompo, las degenero, las transformo.
Palabras, puras palabras.
Estoy harta de las palabras.
Las palabras encierran las mentiras más absurdas. Las palabras quieren explicarlo todo.
Tal vez mañana alguna palabra sobreviva. En forma simple.
Mi mente no tiene ganas de explicar esto. Hoy no.